Te debo mis veinte libras de menos
las ojeras azules debajo de mis párpados
los vacíos en las noches y las mañanas
los paréntesis sin remedio
los puntos suspensivos...
Te debo estas preguntas sin respuesta
y esta historia sin pasado
este pasado sin historia que no se debe nombrar
este nuevo nombre en mi frente
y todas las canciones que no quiero escuchar.
Te debo todos los límites y las corduras
todos los silencios que se quiebran
que van callendo, callando,
entre tanto espacio sin asideros
entre tanto café y cielos y alcohol
y cigarros y humo y dolores
y colores descoloridos
Te debo un tiempo.
Tanto tiempo en rojo.
Tanta orilla adivinada.
Tantos ojos cerrados.
Tantas promesas oscuras.
Tanto tiempo pasado.
Te debo una cicatriz
imborrable.
miércoles, 9 de julio de 2014
jueves, 8 de mayo de 2014
Tirar el último recuerdo por la ventana del carro.
Es que me canso, a veces,
de esa mala costumbre
de ponerle valor a los objetos.
Valor sentimental.
De haber cargado
en el fondo de la cartera
y por más de cuatro meses
el último recuerdo tangible
del antes llamado oasis,
que ahora no es más
que un espejismo.
El recuerdo tenía fecha y sonrisita
al estilo más clásico
de adolescente cliché.
El recuerdo personificaba
tantas noches y sus sábanas rojas
y me saludaba impasible
desde el fondo oscuro de las cosas.
El último recuerdo tangible
del antes llamado oasis,
que ahora no es más
que un espejismo.
Perdiste tu valor como recuerdo,
le dije, mirándolo a los ojos,
él no dijo nada y sonrió
como siempre supo hacerlo.
Pudiste haber sido el recuerdo
más suntuoso de mi vida, seguí,
pero preferiste ser un recuerdo
como cualquier otro,
de esos para los que
no necesitas borrador
ni cajones donde meterlos
ni siquiera una manta con qué
taparlos...
Sin piedad ni miramientos
lo tiré por la ventana abierta
del carro en marcha,
allí quedó
en un arriate anodino
de la calle de mi vida cotidiana.
Allí quedó
el último recuerdo tangible
del antes llamado oasis,
que, pensándolo bien,
ya no es ni siquiera
un espejismo.
de esa mala costumbre
de ponerle valor a los objetos.
Valor sentimental.
De haber cargado
en el fondo de la cartera
y por más de cuatro meses
el último recuerdo tangible
del antes llamado oasis,
que ahora no es más
que un espejismo.
El recuerdo tenía fecha y sonrisita
al estilo más clásico
de adolescente cliché.
El recuerdo personificaba
tantas noches y sus sábanas rojas
y me saludaba impasible
desde el fondo oscuro de las cosas.
El último recuerdo tangible
del antes llamado oasis,
que ahora no es más
que un espejismo.
Perdiste tu valor como recuerdo,
le dije, mirándolo a los ojos,
él no dijo nada y sonrió
como siempre supo hacerlo.
Pudiste haber sido el recuerdo
más suntuoso de mi vida, seguí,
pero preferiste ser un recuerdo
como cualquier otro,
de esos para los que
no necesitas borrador
ni cajones donde meterlos
ni siquiera una manta con qué
taparlos...
Sin piedad ni miramientos
lo tiré por la ventana abierta
del carro en marcha,
allí quedó
en un arriate anodino
de la calle de mi vida cotidiana.
Allí quedó
el último recuerdo tangible
del antes llamado oasis,
que, pensándolo bien,
ya no es ni siquiera
un espejismo.
viernes, 18 de abril de 2014
El café se enfrió mientras pensaba qué hacer con mi vida.
Y allí queda un espacio largo, bien largo, entre el momento en que sale el sol y el ritual de irse vaciando. Es que parece como si todas las cosas, toda la ciudad, el país entero, todas las canciones estuvieran llenos de recuerdos que me persiguen por todas partes. No iba a ser fácil ni corto el proceso. Tendría que haberlo adivinado, porque mientras veo fotos de quiénsabequién en Facebook para anular el tiempo, pasa por allí una foto del centro comercial en el que caminaba un medio día de finales de julio con mi vestido de verano, un café en la mano y una de las gomas más memorables de la historia. Caminaba entre carros, buscando su carro en el parqueo, el sol era fuerte y probablemente yo sonreía. Siempre sonreía, supongo. No era consciente de que todo se iba a desgastar y que le quedaba tan poco a la felicidad de esos momentos en que yo lo transformaba en mi oasis. Sí, un oasis. Esas cursilerías que inventé para nombrar las cosas, los sentimientos, las emociones; todo eso que era inexplicable y que de alguna manera se tenía que explicar. Por supuesto: con un nombre. Mi oasis.
Y allí queda un espacio largo, bien largo, entre el momento en que sale el sol y el ritual de irse vaciando. Es que parece como si todas las cosas, toda la ciudad, el país entero, todas las canciones estuvieran llenos de recuerdos que me persiguen por todas partes. No iba a ser fácil ni corto el proceso. Tendría que haberlo adivinado, porque mientras veo fotos de quiénsabequién en Facebook para anular el tiempo, pasa por allí una foto del centro comercial en el que caminaba un medio día de finales de julio con mi vestido de verano, un café en la mano y una de las gomas más memorables de la historia. Caminaba entre carros, buscando su carro en el parqueo, el sol era fuerte y probablemente yo sonreía. Siempre sonreía, supongo. No era consciente de que todo se iba a desgastar y que le quedaba tan poco a la felicidad de esos momentos en que yo lo transformaba en mi oasis. Sí, un oasis. Esas cursilerías que inventé para nombrar las cosas, los sentimientos, las emociones; todo eso que era inexplicable y que de alguna manera se tenía que explicar. Por supuesto: con un nombre. Mi oasis.
miércoles, 26 de marzo de 2014
Solo el rojo
Quisiera encontrarme con tu otro yo –el que
tenía más pelo- en la dedicatoria de otro libro. Quisiera ir tirando libros por
toda la ciudad, por todo el mundo, con dedicatorias que nunca se acaben para
que siempre me encontrés. Siempre me encontrés en un nuevo libro, en una nueva
página, para que esto no acabé nunca, al menos en las dedicatorias de los
libros. Nadie dijo que iba a ser fácil, dijimos. Dije. La verdad. Y era verdad.
Los recuerdos se acumulan como pequeñas gotas que se van deslizando suave una
tras otra. Como esas lámpara java. Esta es de color rojo, el aceite es
amarillo, cuando apenas parecen mezclarse forman un leve color naranja que no
es cierto. No es una certeza ni nada. Ese color no existe. Solo el rojo. Solo
el rojo. Solo el rojo. Quisiera desearte que tengás suertecita e irme caminando
hacia el atardecer como si nada, con una guitarra en la espalda, tirando los
recuerdos, dejándolos regados como piedritas de colores para que algún día, si
querés, podás encontrar el camino de regreso.
martes, 31 de diciembre de 2013
¿Qué voy a hacer con todo el tiempo que era tuyo?
¿Con la implacable pausa precaria en que no estás?
¿Con el largo paréntesis en que te vas a convertir?
¿Con qué otras historias llenar el espacio en que estás metido?
¿Qué hago con todas estas palabras?
¿Tendré que guardarlas para tejer con ellas colchones de
nubes a donde emigrar?
¿En dónde guardar tantos buenos días y buenas noches?
¿Qué hago con todas estas horas y minutos y segundos vacíos?
vacíos sin ti
jueves, 7 de noviembre de 2013
jueves, 3 de octubre de 2013
lunes, 23 de septiembre de 2013
Porque la mañana viene y está llena de
todas las palabras que han ido cayendo en el silencio de luces a medias y
sábanas rojas. Porque la oscuridad es y tus manos también, y todas las salibas
derramadas, las miradas que se cruzan y no quieren, las manos que se recorren,
las pieles que se descubren cada vez y más, más cerca una de la otra. Porque la
neblina se levanta y no hay canción en la que no estés, palabra en la que no
estés, sonrisa en la que no estés, porque te reís y me dan ganas de ser
cascada, porque te metés en cada rincón imaginado, porque detrás de las puertas
somos otros, de otras historias, cuerpos y deseos, porque detrás de las puertas
soy yo, yo misma, con las ganas de reírme porque no existe más que esto, más
que tus manos y tu cuerpo y tu lengua y tu boca con ganas de convertirme en
agua que escapa a donde quiera... Porque te miré y me miraste, porque el sol
salió y nos quedamos sin palabras, porque el mar sonó lejos y cerca, porque
descubrimos el sabor de nuestros labios...
Por eso estoy aquí y la mañana no
amanece.
Por eso estás en cada letra y palabra.
viernes, 24 de mayo de 2013
te metés entre mis sueños y las ideas que
pienso. entre el día la noche y mis fantasias. entre el trabajo, el libro que
leo y todas sus letras y palabras. te metés en la luna llena y su color adivinado, entre el silencio
de la noche y su color estrellado, entre el nocturno de Chopin y la punta de
mis dedos. te metés en esto que escribo sin pedirlo ni pensarlo y en la mirada
a la pared en blanco y al vacío. en el café que me tomo a horas y deshoras, en
la cerveza y su espuma que sube, te metés entre las sábanas y todas las
historias que quiero escribir en tu espalda, te metés en mis suspiros, en el
color rojo de mis labios, en cada movimiento de una consonante en mi lengua, te
metes en cada poro de mi piel, en mis ojos y mis manos y mi pelo y mis brazos y entre mis piernas. te metes en mis recuerdos, los recuerdos más felices.
viernes, 3 de mayo de 2013
El día que amaneció.
Noche.
Cielo.
Luciérnagas transtornadas.
Luces.
Silencio.
Miradas que se clavan.
Sonrisas.
Pestañas.
Palabras que no acaban.
Digo.
Decís.
Carcajadas en cascada.
Cuerpos.
Pieles.
Fantasías desatadas.
Bocas.
Lenguas.
Salivas derramadas.
Humedad.
Misterio.
Luz.
Mar.
Océano.
Una historia nunca terminada.
Cielo.
Luciérnagas transtornadas.
Luces.
Silencio.
Miradas que se clavan.
Sonrisas.
Pestañas.
Palabras que no acaban.
Digo.
Decís.
Carcajadas en cascada.
Cuerpos.
Pieles.
Fantasías desatadas.
Bocas.
Lenguas.
Salivas derramadas.
Humedad.
Misterio.
Luz.
Mar.
Océano.
Una historia nunca terminada.
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