viernes, 6 de agosto de 2010

El techo es blanco. Completamente blanco.

El techo es blanco. No blanco hueso ni marfil ni ninguno de los otros blancos. Es blanco blanco.

No entiendo por qué compramos una casa con los techos blancos. Si la hubiéramos comprado con techos de madera o con cielo falso de esos con figuras, ahora podría estar mirando las figuras o buscando formas en los nudos de madera. Pero no hay formas ni figuras... Solo techo blanco.

Techo blanco.

viernes, 2 de julio de 2010

entre los escombros

Tengo hambre

Sueño

Tristeza

Ganas de huir

Ganas de enroscarme en una cama de sábanas blancas. Yo sola. En un cuarto que tenga una puerta abierta que da al mar. La brisa hace que las cortinas, también blancas, se eleven. No hago nada. Solo estar allí enroscada, viendo las cortinas, la puerta y más allá el cielo azul y el mar.

Tengo ganas de huir, huir de mi misma y de todo esto. De tener que pensar todos los días. Estoy harta de medir mis palabras para no lastimar a nadie. Estoy harta de ser tan controlada y que de pronto me salga el monstruo sarcástico y despiadado y hablarle mal a la gente.

Solo quisiera que alguien se preocupara por mi también y me tratara con suavidad, no como a la mujer dura que aparento ser, solo quisiera cansarme de parecer fuerte y que todos quisieran cuidarme y protegerme. Pero no, todos solo quieren refugiarse en mi, que yo sea fuerte para apoyarlos. Pero yo solo quiero enroscarme y no hacer nada, solo ver la puerta, el mar y el cielo.

Mañana es fin de semana y no quiero. No quiero pensar en el desayuno, en el almuerzo, en la cena. No quiero ser alegre y sonreír, porque ya no quiero. No quiero fingir una felicidad que no tengo, porque estoy cansada. Y no quiero entender a los demás, y que me vengan con el cuento de que los demás también tienen problemas y tal vez más grandes, ¿Porqué yo tengo que entender a los otros cuando los otros no me entienden a mí? ¿Porqué tengo que ser yo la que siempre entiende? ¿Porqué no pobrecita yo? Cargando los problemas y el stress como si fuera mi obligación. Ya no, no quiero.

Ni siquiera es mi vida, es la vida de los demás la que estoy viviendo. Me estoy rebalsando… A lo lejos canta Ricky Martín “Tu Recuerdo”… Y eso es todo: esperar que algo pase, algo bueno, algo alegre, algo que me demuestre dónde está mi vida… No sé, tal vez buscando entre todos los escombros.

sábado, 19 de junio de 2010

Desahogo.

Llueve. Llueve otra vez por tantos días. Trato de imaginar cómo es el sol. Tal vez cálido, tal vez amable. O tal vez no exista. Como tantas cosas que creí que eran y ya no son. Como la manera en que me mirabas cuando me sentaba aquí mismo a escribir, a ordenar palabras. Con esa mirada tranquila e impenetrable que provenía de un interior que quizá nunca llegué a conocer.

Ha llovido por cinco días sin parar. A veces con gotas suavecitas que más bien son un murmullo, delgado y transparente. A veces con ruido sobre el techo de millones de gotas, fuertes y acompasadas. Llueve tanto que en las paredes se dibujan toda clase de formas causadas por la humedad que se cuela por todas partes. No hay un alma en la calle, y es que nuestros treinta grados de siempre, nuestro verano eterno, han bajado a menos de veinte. Nadie quiere salir. Ahora me envuelvo en la colcha y mato el tiempo fumándome el cigarro de siempre, contemplando las siluetas que el humo dibuja en el aire y escribiendo esto.

El agua se lo está llevando todo. El jardín que con tantas ganas decidiste sembrar cuando recién nos casamos, se está yendo por la alcantarilla. Al principio traté de rescatar las violetas. Ya ves, esas matitas se dañan con un suspiro. Pero en menos de diez minutos no había más que lodo. Siempre lo supe, no iban a durar mucho. Apenas seis meses y allí van, con sus pequeñas flores hechas una maraña de desperdicio. Lamentablemente como todo lo que dejaste atrás, tus discos, tus libros, tu ropa, tus perfumes; el despertador que ya no despertaba a nadie, tu navaja suiza, tus inútiles chunches de cocina; todo eso, que en un memorable acto de valentía, instalé en tres o cuatro cajas hace menos de una hora para dejarlas abandonadas y sin una explicación en la esquina más ahogada de una calle.

“Aquí se acaba todo”, dijiste hace más de un mes y tiraste la puerta de un golpe. Como si hubiera sido necesario. No iba a correr detrás de vos. Suficiente era con el cansancio de verte deambular por la casa como una sombra, sembrado hasta la cabeza en tu precioso jardín.

“Allá se acabó todo”, te digo. En una calle equis, el agua bajaba tan rápido y llovía tan fuerte que no tuve tiempo ni de verle el nombre.